Si hay una casa del pueblo sueca que resume perfectamente ese concepto que tanto queremos en España, esta es Lilla Navesta. Está en Navesta, muy cerca de Malmköping, en la región de Södermanland y es de esas fincas que se han ido ampliando generación tras generación hasta convertirse en un pequeño universo propio: cuatro casas y un granero repartidos por una parcela de 4.626 metros cuadrados, con la vivienda principal luciendo el rojo falu de toda la vida y unos orígenes que se remontan al siglo XVII.
Cuando la vemos desde el aire, con la piscina, el mástil de bandera y el granero con placas solares asomando entre el bosque, entendemos enseguida por qué a los suecos les cuesta tanto separarse de sitios así. Es la misma sensación que tenemos nosotros cuando pensamos en la casa de los abuelos, la que se llena en agosto, la que nunca se vende porque forma parte de la familia.
Qué es una stuga y por qué es la casa del pueblo sueca
En Suecia esta tradición tiene nombre propio: stuga. Es la segunda vivienda familiar, normalmente en el campo o junto a un lago, donde se pasan las vacaciones de verano y, sobre todo, el Midsommar, el solsticio que marca el inicio oficial del verano sueco. Cuando llega esa fecha, medio país se desplaza del centro de las ciudades hacia estas casas, exactamente igual que nosotros cogemos el coche rumbo al pueblo en cuanto empiezan las fiestas patronales. La stuga cumple la misma función emocional que nuestra casa del pueblo: desconexión, reencuentro familiar y esa sensación de que el tiempo pasa más despacio.
Lilla Navesta lleva siglos cumpliendo ese papel, la vivienda principal conserva mucho de su carácter original de 1600, aunque con el paso de los años se ha actualizado y ampliado para vivir con comodidad, sin perder ese punto de casa vivida que tanto nos gusta.
Una cocina que nos recuerda a la de nuestras abuelas
Si hay una estancia que engancha nada más verla, es la cocina. En las fotos destaca esa cocina de hierro fundido empotrada en un hueco de obra encalada, con su tubería de humo asomando hasta el techo. Es una estufa de leña centenaria, de esas que en cualquier casa del pueblo española reconoceríamos al instante y que convive sin ningún complejo con armarios blancos más modernos, encimera de madera y azulejo tipo metro.
Justo al lado, la zona de comedor, que es puro espíritu de casa familiar: sillas totalmente desparejadas, pintadas en azul, rojo y blanco. Nada combina a propósito y precisamente por eso funciona. Un banco corrido bajo las ventanas, con cojines de flores, hace las veces de asiento extra para cuando llega toda la familia, algo que también podríamos resolver en casa con un banco tapizado y cojines de Maisons du monde a juego con la vajilla.
Salón, dormitorios y ese papel pintado que enamora
El salón sorprende por su combinación de gris azulado en las paredes y una pared llena de cuadros, espejos y láminas antiguas colgados sin simetría, como se han ido acumulando con los años. Una butaca orejera tapizada en flores, sofás ce color topo oscuro y una alfombra geométrica en azul y mostaza terminan de darle ese aire ecléctico tan característico de las casas suecas con historia.
Hacia el piso de arriba, la escalera pintada en rojo y el papel pintado de rombos anticipan los dormitorios, donde el protagonista es un papel de inspiración floral, de esos que evocan directamente a William Morris, combinado con cortinas azul cielo y un mapa antiguo de la región colgado como si fuera un cuadro. En la habitación infantil, la cómoda pintada en rojo y el osito de peluche sobre la cama terminan de contar la historia de una casa que lleva generaciones recibiendo a la misma familia cada verano.
Cómo llevar este estilo «casa del pueblo sueca» a nuestra casa
Si esta estética os ha conquistado, no hace falta viajar a Suecia para traerla a casa. Estas son las claves que repetiríamos:
- Mezclar sillas de diferentes colores en el comedor, en lugar de un juego uniforme
- Apostar por un papel pintado floral en el dormitorio, para dar personalidad a una sola pared
- Recuperar muebles pintados o envejecerlos con pintura de tiza, como esa cómoda roja
- Colgar cuadros y láminas antiguas sin buscar una simetría perfecta
- Elegir alfombras de trapo o de rayas para los suelos de madera, como las que encontramos en Alfombras.es
- Dejar textiles de lino natural en camas y bancos, sin miedo a las arrugas
Al final, tanto la stuga sueca como nuestra casa del pueblo cumplen la misma misión: ser el lugar donde bajamos el ritmo, reunimos a la familia y dejamos que la decoración cuente, sin prisa, la historia de varias generaciones.























Fotos propiedad Historiska hem
Descubre más desde delikatissen
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

